Crítica. Munich (Steven Spielberg)
Da la talla

Mucho se ha arriesgado esta vez Spielberg con su última reinterpretación histórica. Dentro de esa doble personalidad, que exhibe en una filmografía llena de luces y sombras, el director norteamericano sacude a la cartelera con una oportuna Munich. La película, inspirada en el libro escrito por un periodista canadiense en colaboración con un ex agente del servicio de inteligencia israelí (el Mossad), nos lleva a 1972 cuando el grupo terrorista palestino Septiembre Negro atenta en los juegos olímpicos de Munich contra once atletas judíos que participaban en la competición.
A partir de este suceso, espectacularmente reconstruido en las primeras escenas, Munich se convierte en un viaje, a golpe de sangrientos atentados, por las ciudades a las que viaja un equipo del Mossad con la misión de asesinar a los autores intelectuales de la matanza palestina.
El grupo está liderado por un joven judío llamado Avner, muy logrado por el actor australiano Eric Bana. Es el único del que conocemos su amable historia personal: enamorado de su mujer y a punto de ser padre. Él y sus hombres se deben a la causa y representan las distintas formas de entender y asumir el conflicto en función de la personalidad de cada uno de los miembros. El duro, el veterano o el entrañable, son papeles de los que se sirve Spielberg para no dejar ningún sentimiento en el tintero. Y es que la historia está dirigida a remover conciencias. Esta vez, el director judío, que ha conseguido disimular sus creencias casi a la perfección, aunque en Israel le hayan puesto “de vuelta y media”, no va más allá de la reflexión sobre el uso de la violencia. En Munich, no hay respuestas a los interrogantes históricos. Tampoco se presenta como un desahogo de corte político. Sencillamente se sirve de los mejores efectos especiales del cine para recrear una brutal cadena de atentados que mantienen la tensión y demuestran la incongruencia. El momento brillante llega con la coincidencia en un piso franco de activistas de diferentes organizaciones terroristas. Aquí se produce un diálogo crucial entre uno de los terroristas palestinos y Avner, que se ve obligado a ocultar su identidad. La convicción de luchar hasta la muerte por defender cada uno sus causas les hace iguales. Ésta es la única aspiración de una trama bien llevada con personajes imprescindibles como el del informador (Ali), interpretado por Omar Metwally.
Pero en la película no es todo evidente. Spielberg también hace guiños con la imagen, los titubeantes movimientos de cámara en continúa búsqueda de realismo y las localizaciones impecables que alcanzan su máxima en la brutal llegada a Beirut.

Aunque igual que el segundo disco en solitario de Najwa Nimri y distintos movimientos de movilización social que airean"may day" en grandes pancartas, sólo estás en un pequeño espacio desde el que lanzar señales de alerta dentro del mar de desafíos que nos acechan y que en ocasiones disimulamos.