Incombustible
La recuerdo como si la viese: la cara de Manuel Fraga el 17 de diciembre de 2002.
Bajo la lluvia de una tarde oscura, la calle del Príncipe en Vigo se convirtió en el foco más potente de la crispación del “nunca máis” cumplido un mes del accidente. Allí, aproximadamente un millar de personas se amontonaban detrás del cordón policial y esperaban, indignados, la llegada del Príncipe Felipe y la del jefe del ejecutivo gallego, invitados de honor a la inauguración del museo MARCO.
Los gritos estaban llenos de rabia, los puños en alto y al otro lado de las vallas de seguridad, toda la plana municipal viguesa, salvo los concejales del grupo popular, portaban en sus solapas la chapa de la discordia, que incluso llegó a declararse prohibida en actos oficiales. Durante la espera, la prensa se movía inquieta de un lado a otro buscando el mejor ángulo para captar las reacción de Fraga ante el enérgico clamor popular de “dimisión”. Y todo con Su Alteza allí presente. El momento llegó. El ahora senador, bajó del coche oficial sin fallar a su puntualidad británica al tiempo que caían chuzos de punta. Lo primero que hizo al salir, fue abrir un efectivo paraguas negro, que en ese mismo instante funcionó de parapeto a un huevo lanzado directamente a la cabeza del presidente. Fraga sacudió el paraguas, lo cerró, se mojó y entró con paso firme y cabeza bien alta al interior del Museo. Nadie esperaba otra cosa. Una vez de tantas, en estos 55 años de vida política, Don Manuel enseñó ese halo castizo- faraónico con el que se mueve en los hemiciclos, inauguraciones y cotos de caza. Ahora, algo más descafeinado, lo paseará por la cámara alta. Él mismo dijo que era el sitio para los ancianos. Incombustible, se resigna a cerrar una agenda agotada por el trabajo de muchos años pero también por la osadía de creerse imprescindible.

Aunque igual que el segundo disco en solitario de Najwa Nimri y distintos movimientos de movilización social que airean"may day" en grandes pancartas, sólo estás en un pequeño espacio desde el que lanzar señales de alerta dentro del mar de desafíos que nos acechan y que en ocasiones disimulamos.